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La Carlota – Córdoba

El arte de crear lazos y la sacralidad de la espera: Los 102 años de Isabel Torres de Alaniz y una lección de vida que trascendió la radio

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Entre la calidez de la residencia de la calle Nicanor López, el cántico compartido de un cumpleaños centenario y la filosofía imperecedera de «El Principito», un móvil periodístico en directo se transformó en un ritual de gratuidad, demostrando que el tiempo dedicado a los demás es lo único que vuelve inolvidable nuestro paso por el mundo.
Por la redacción
Hay momentos en la labor periodística donde la premura del reloj de la radio se detiene por completo para dar paso a la gracia del encuentro. En el célebre relato de Antoine de Saint-Exupéry, cuando el Principito le propone al zorro jugar para espantar la tristeza, el animal rechaza la inmediatez recordando que no está «domesticado». En la profundidad de esa enseñanza, el término apprivoiser no significa otra cosa que «crear lazos»: transformar a seres antes anónimos en personas únicas e insustituibles a través de la consagración del tiempo y del afecto mutuo.
Esa premisa cobró una dimensión tangible y conmovedora durante la visita realizada a la residencia de adultos mayores ubicada en la calle Nicanor López 261, con motivo del cumpleaños número 102 de Isabel Torres de Alaniz.
El zorro inmortalizó una verdad teológica al afirmar: «Si vienes, por ejemplo, a las cuatro de la tarde, desde las tres yo empezaré a ser dichoso». Esa frase describe con exactitud lo acontecido al arribar la unidad móvil a la residencia. Lejos de la prisa mercantil o la ineficiencia que critica el paradigma moderno, allí todos estaban esperando la llegada del periodista: Isabel, los residentes, sus familiares y el personal dedicado a su cuidado.
Se respiraba una atmósfera de expectación dichosa donde el tiempo cuantitativo del reloj (Chronos) mutó en el tiempo sagrado del encuentro (Kairos). Más de 15 personas reunidas alrededor de una mesa compartida —con la presencia del dueño de la casa, el Sr. Fos, y la asistencia afectuosa de sus cuidadoras Marcela, Antonela y Patricia— aguardaban el inicio de la transmisión en directo como quien espera una fiesta de la amistad.
Al salir al aire por el programa Sin Comentarios, Isabel —ferviente católica y profundamente creyente— repasó con lucidez y emoción sus 102 años de vida. Recordó el amor persistente hacia su esposo (fallecido hace cinco años) y el orgullo por sus hijos Carlos, Carlos Alberto, Pito Moriano y su querida hija María Alicia. El clímax del directo se selló cuando la mesa completa unió sus voces en un emotivo Feliz Cumpleaños entre aplausos, risas y la entrega de besos en nombre de la audiencia, ratificando que celebrar la vida a esta edad es una victoria de la gratuidad y de la memoria afectiva.
El impacto del periodismo social no termina cuando se apaga el micrófono. Al regresar a los estudios de la emisora tras finalizar el móvil, el periodista se encontró con un amigo que lo aguardaba en la radio. Conmovido, le confesó que había escuchado atentamente la transmisión en directo y la reflexión poética sobre el pasaje de Saint-Exupéry.
Aquel oyente compartió una vivencia íntima y sanadora: El había tomado la costumbre de visitar de manera sistemática y periódica al padre anciano de un amigo. Al escuchar en la radio cómo la espera del zorro y la visita a Isabel rescataban el valor de la presencia constante, comprendió que sus propias visitas vespertinas eran exactamente eso: la construcción silenciosa y sagrada de un lazo que sostiene la vida.
Como bien enseña la obra literaria, «lo esencial es invisible a los ojos» y es la entrega sincera de nuestro tiempo lo que nos vuelve eternamente responsables de aquello que hemos aprendido a amar. La tarde en que La Carlota celebró los 102 años de Isabel quedó guardada en el archivo de la memoria colectiva como la prueba de que, cuando la radio abre sus micrófonos al amor de la comunidad, la palabra construye puentes que sanan la soledad y ennoblecen el alma humana.

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