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La Carlota – Córdoba

Bodas de Plata del Padre Juan Giordano: Una homilía tejida entre la fragilidad humana y la fidelidad al pastoreo.

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En una colmada Parroquia Nuestra Señora de la Merced, el sacerdote carlotense celebró sus 25 años de ministerio. Una profunda reflexión sobre las «pescas infructuosas» de nuestro tiempo, la tentación de activar el «piloto automático» y el valor del servicio pastoral desde la humildad.
Por la redacción de Sin Comentarios
La Parroquia Nuestra Señora de la Merced no fue esta vez un simple escenario litúrgico; fue el reencuentro de una comunidad con su propia historia de fe. El pasado martes, a las 19:30 horas, el templo católico de La Carlota lució colmado de fieles, colaboradores y vecinos que se congregaron para acompañar al Padre Juan Carlos Giordano en sus Bodas de Plata sacerdotales. En el mismo altar donde el 1 de septiembre de 2001 oficiara su primera misa tras ser ordenado, y bajo el lema bíblico de la segunda carta a Timoteo —«Él nos llamó con una vocación santa, no por nuestras obras, y según la gracia que nos dio en Cristo Jesús»—, el actual Vicario General diocesano presidió una emotiva Eucaristía de Acción de Gracias marcada por el reencuentro, la memoria y un análisis descarnado del rol de la Iglesia en los tiempos actuales.
La homilía del Padre Giordano esquivó desde el primer minuto la solemnidad rígida para abrazar una calidez humana que conmovió a los presentes. Con notable humor y cercanía, el sacerdote comenzó recordando el video de su ordenación, al cual calificó con simpatía como «prehistórico». Relató que al mostrárselo a sus sobrinas, la mayor le preguntó con inocencia: «Tío, ¿por qué tenés esa cara?». Entre risas, Giordano reconoció poseer un semblante habitualmente muy serio, pero aclaró ante la feligresía que, aun detrás de esa expresión, su corazón desbordaba de una inmensa alegría por compartir este hito con su pueblo.
A medida que avanzó su alocución, el tono se volvió confesional y reflexivo. El sacerdote admitió que el paso de los años otorga una perspectiva diferente sobre el ministerio: se comprende con mayor claridad la dimensión del llamado divino, esa «carga de amor» desproporcionada que Dios deposita en personas llenas de limitaciones. Giordano citó con emoción las palabras que pronunciara Monseñor Tardío —quien fuera su rector en el seminario y obispo— el día de su ordenación, lamentando la dificultad que a veces experimentamos los seres humanos para levantar la mirada y agradecer cotidianamente el milagro de la vida y la consagración sacerdotal. «Somos tan poca cosa en esta vida que ni siquiera a veces alcanzamos a valorar lo que Dios hace por nosotros», reflexionó en una valiente muestra de humildad ante los suyos.
Para estructurar su mensaje, el Padre Giordano eligió de manera deliberada el mismo pasaje del Evangelio según San Juan (capítulo 21) que se leyó hace un cuarto de siglo en su ordenación, centrado en la aparición de Jesús resucitado a sus discípulos a orillas del mar de Tiberíades. El relato de aquella noche de pesca infructuosa sirvió de perfecta analogía para retratar los desafíos de la Iglesia contemporánea.
El Vicario General analizó cómo el Señor se hace presente precisamente allí donde impera el desconcierto, el cansancio o la sensación de fracaso, siempre y cuando la comunidad permanezca unida. Aludiendo a su propia trayectoria —nutrida por el cobijo de su familia, su escuela, el seminario y las diversas comunidades parroquiales en las que sirvió—, vindicó la constancia y la perseverancia como virtudes que el Maestro siempre termina premiando.
Hizo especial hincapié en la orden de Jesús a los discípulos de «tirar la red a la derecha» tras una noche estéril. Giordano conectó este mandato con el contexto pastoral vigente: «Es otra experiencia de camino sacerdotal en estos nuevos tiempos de pescas infructuosas y áridas». En este sentido, alertó sobre una de las tentaciones más comunes de la madurez: la de activar el «piloto automático» en la vida y el servicio. Frente a esto, el sacerdote propuso una actitud de discernimiento y escucha atenta de la voz del Maestro en este tiempo de sinodalidad, animándose a volver a arrojar las redes a pesar de que las aguas de este mundo se muestren frecuentemente sacudidas.
Uno de los pasajes de mayor profundidad teológica y pastoral fue el análisis del diálogo entre Jesús y Simón Pedro, donde este último es interrogado tres veces sobre su amor tras haber negado al Señor en tres oportunidades. Para Giordano, este texto representa un bálsamo para quienes acumulan fragilidades e infidelidades con el correr de los años, destacando la belleza del sacramento de la reconciliación que los sacerdotes administran.
Explicó que Jesús no le exigió a Pedro grandes dotes de liderazgo o cualidades políticas de gobierno, sino una intimidad profunda y silenciosa que solo el Señor conocía: «Señor, vos lo sabés todo. Sabés que te amo». Asimismo, recuperando las lecturas del profeta Isaías que le sirvieron de consuelo en momentos difíciles —«No temas, te he llamado por tu nombre… porque eres de gran precio a mis ojos»—, Giordano desgranó la sutil pero crucial diferencia semántica en el texto bíblico: el Señor no solo le ordena a Pedro «apacentar», sino que en una de las instancias le pide explícitamente «Sé pastor».
Esta apelación, vinculada directamente a la figura de Jesús como el Buen Pastor que ofrece la vida por sus ovejas, sirvió para contraponer la autoridad evangélica frente a las lógicas de poder terrenales. Citando a San Agustín, definió al sacerdocio esencialmente como «un servicio de amor». El verdadero pastor, remarcó, no es aquel que busca que lo sirvan o que pretende dominar como los jefes de las naciones, sino aquel que se arremanga y se hace servidor de los demás, entregando su propia vida en el llano de la comunidad.
Hacia el final de la liturgia, el Padre Juan Carlos Giordano convocó a los obispos, sacerdotes, religiosas y laicos presentes a renovar su compromiso diario con la Iglesia, implorándole a María de la Merced que libre a la comunidad de las tentaciones del desaliento y que interceda para que la palabra divina se encarne en acciones cotidianas de amor. La Carlota despidió a su hijo con un cerrado aplauso y un templo colmado de abrazos, agradeciendo veinticinco años de un camino pastoral que, lejos de estancarse, vuelve a tirar las redes con la misma confianza del primer día.

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