La urgencia del corazón: Cuando la esperanza nos marca la prioridad, o Fiestas visibles, deuda invisible Parte 2
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Por: Ricardo Horacio Valle
A veces, para ver el camino, hay que apagar las luces del escenario y encender la lámpara del alma. José María Bonino, con la sabiduría de quien sabe leer más allá de los expedientes y las noticias banales, nos compartió este fin de semana una historia que es, a la vez, una caricia y una interpelación.
La nota compartida la realizó Paula Soler en La Nación alli nos cuenta de jóvenes de entre 17 y 22 años que deciden, simplemente, amar. Llevan a pasear a niños que viven en hogares, niños que conocen el abandono de cerca. Su lema: «En el mundo hay más amor que abandono»
Quisiera destacar la actitud del Dr. Bonino. En un momento donde la comunicación parece un campo de batalla de «banalidades y otras yerbas», él elige propagar lo noble. Es una lección para todos nosotros: comunicar esperanza es también un acto de justicia. Nos recuerda que, si bien existen límites legales y responsabilidades —como él bien dice—, cuando hay voluntad política y humana, la batalla contra la adversidad está mitad ganada.
Esta noticia nos obliga a volver a nuestra editorial sobre las fiestas populares gratuitas (Fiestas Visibles, Deuda Invisible) Lo dijimos hace unos días y hoy, frente a estos niños de los hogares, la verdad pesa más:

¿Cómo se explica que el Estado tenga recursos inagotables para contratar artistas de renombre y montar escenarios monumentales, pero necesite de la «providencial» voluntad de chicos de 17 años para que un niño en un hogar estatal tenga un paseo digno?
Si esos jóvenes de 22 años pueden «dar batalla a la adversidad» con sus manos limpias y su tiempo, ¿qué excusa le queda a la dirigencia para no priorizar el 61% de malnutrición infantil en nuestra provincia?.
La reflexión de José María (Bonino) sana el espíritu, pero también debe despertar la gestión.
«Los festivales pasan y las luces se apagan».
El niño que hoy es acompañado, o el niño que hoy es nutrido, es el ciudadano que mañana sostendrá nuestra comunidad.
Gastar en lo superfluo mientras lo esencial depende del voluntariado es, por lo menos, una distorsión ética. Como bien señalamos en nuestro Decálogo de Transparencia, ninguna política cultural puede compensar la deuda que estamos pagando con la infancia.
La familia es el núcleo de la sociedad, y cuando la familia falta, el Estado debe ser el abrazo, no solo el organizador de eventos.
