Fiestas visibles, deuda invisible.
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Córdoba vuelve a mostrar dos caras que conviven sin tocarse. Por un lado, escenarios imponentes, artistas de alto caché y recitales gratuitos que llenan plazas y garantizan fotos de multitudes felices. Por otro, una infancia que crece con déficits nutricionales severos, en silencio, lejos de las luces y sin capacidad de presión política.
Las inversiones públicas destinadas a espectáculos masivos suelen presentarse como políticas de inclusión cultural y acceso democrático a la alegría. Y no es un argumento menor: la cultura importa, el encuentro importa. Pero cuando estas decisiones se repiten en contextos de emergencia social persistente, la pregunta por las prioridades deja de ser ideológica para volverse ética.
En Córdoba, la desnutrición infantil no siempre se manifiesta con imágenes extremas. Es una desnutrición camuflada, más compleja y más peligrosa. Según datos del Banco de Alimentos de Córdoba, durante 2024 el 61% de los niños y niñas presentó algún tipo de malnutrición. Solo el 19% tuvo valores nutricionales adecuados. El resto crece con sobrepeso, déficit de nutrientes esenciales o combinaciones que comprometen su desarrollo físico, cognitivo y emocional. (Ver nota diario Perfil – 07 Ene 2026- La desnutrición camuflada: crecer en Córdoba sin los nutrientes para desarrollarse)
No es una problemática marginal ni transitoria. Es estructural. Y, sin embargo, no ocupa el centro de la agenda pública. No genera eventos, no convoca multitudes, no produce rédito inmediato. Invertir en nutrición infantil no ofrece inauguraciones vistosas ni aplausos garantizados. Sus resultados se ven años después, aunque pareciera que ya no hay gestión que desee capitalizarlos.
Ahí radica el núcleo del problema. Las políticas populistas no solo administran recursos: administran visibilidad. Eligen qué mostrar y qué dejar fuera de escena. La fiesta es visible, medible y rentable políticamente. La desnutrición infantil es silenciosa, compleja y exige decisiones de largo plazo.
El contraste es incómodo. Mientras se celebran noches de alegría financiadas por el Estado, miles de niños crecen sin los nutrientes necesarios para desarrollar su potencial. No es una discusión entre cultura y alimento. Es una discusión sobre qué tipo de bienestar se prioriza y qué urgencias se postergan sistemáticamente.
Una sociedad puede —y debe— celebrar. Pero cuando la celebración se vuelve más urgente que garantizar infancias saludables, la fiesta deja de ser un derecho y empieza a funcionar como distracción. Y ninguna política cultural puede compensar una deuda que se paga con cuerpos pequeños, aprendizajes truncos y futuros condicionados.
