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La Carlota – Córdoba

La Tierra como vocación y bien común. El legado de ARIEL BELLON.

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Por la redacción
En la tradición filosófica de Santo Tomás de Aquino (1225–1274), el orden de la creación no es un escenario fortuito para el beneficio individual ni para el usufructo desmedido. En la Suma Teológica (II-II, q. 66), el Doctor Angélico establece que, si bien la propiedad privada de los bienes es legítima y conveniente para el orden social y el cuidado de las cosas, su uso está subordinado al destino universal de los bienes. La tierra, enseña el pensamiento tomista, es un don administrado por el hombre para el bien común (bonum commune).
La reciente partida física del dirigente rural Ariel Bellon invita a contemplar su trayectoria no solo bajo el prisma del gremialismo agropecuario, sino desde la profundidad ética de quien encarnó, con sencillez y testimonio diario, las bases morales del agrarismo católico.
Para Ariel Bellon, el trabajo de la tierra nunca fue una mera ecuación financiera ni un espacio ajeno a la solidaridad social. Con la mansedumbre y la firmeza del hombre de campo, dedicó sus días a la agricultura y a la ganadería, comprendiendo que la producción de alimentos es una misión sagrada destinada a nutrir a la nación. Como él mismo afirmaba en el micrófono del programa Sin Comentarios: «Dios nos ha entregado el mundo para que lo administremos y vivamos todos juntos». Esa convicción de la tierra como bien recibido para ser hecho producir en beneficio de todos guio tanto su labor personal como su involucramiento institucional. Formado desde su temprana juventud a los quince años en el Centro Juvenil Agrario bajo el ejemplo de sus padres, Bellon aprendió que la prosperidad individual carece de sentido si no va acompañada de un compromiso social y solidario que aporte «un grano más por el país».
En una época signada por el descreimiento y la búsqueda del provecho personal, la figura de Ariel Bellon al frente de la Asociación de Productores de La Carlota —y en su articulación con CARTÉS y Confederaciones Rurales Argentinas (CRA)— encarnó la doctrina tomista de la virtud ciudadana. Santo Tomás recordaba que el bien de la comunidad es superior al bien de un solo individuo; en sintonía con ello, Bellon concebió la dirigencia no como un peldaño de carrera política o de estatus económico, sino como una entrega austera.
Frente a los conflictos, las agresiones al sector o las tensiones políticas, mantuvo siempre una postura institucional independiente, recibiendo a todos los espacios por igual sin adscribir a ninguno, defendiendo simultáneamente la propiedad privada, el Estado de derecho y la estricta justicia. Su reclamo constante de reglas claras y políticas de Estado a largo plazo no respondía a la defensa de un privilegio corporativo, sino a la búsqueda del desarrollo armónico del trabajo, la infraestructura y el empleo digno. Para Bellon, la honestidad y la dignidad no eran negociables: «va por el bien común y para engrandecer este país de una vez por todas».
La dimensión humana de Ariel Bellon alcanza su coto más alto al examinar el testimonio de sus pares. En una conmovedora semblanza, su amigo Arnaldo Pra definió con precisión la huella imborrable que deja una «persona de bien». Pra destacaba en Bellon una generosidad desprovista de mezquindad, alguien que hallaba su mayor satisfacción en dar y ayudar sin esperar nada a cambio.
Existe, además, una lección filosófica sobre el concepto de arraigo. Como bien señaló Pra, hay quienes nacen en una tierra y pertenecen a ella naturalmente, pero existen también aquellos que, habiendo llegado desde afuera, logran integrarse de forma tan profunda mediante el trabajo, el compromiso y la nobleza que la comunidad termina adoptándolos como propios. Ariel se hizo de La Carlota; la sintió, la defendió y la representó con un conocimiento y una pasión trascendentes. Fue, en palabras de Pra, una de esas personas extraordinarias «que nos recuerda que todavía hay gente que hace el bien simplemente porque siente que debe hacerlo».
Lejos de aislarse en los problemas coyunturales, la mirada de Ariel Bellon guardaba la lucidez de quien piensa en el futuro. Ante la incertidumbre o el desánimo, su llamado constante hacia los jóvenes no fue el del resentimiento, sino el de la formación académica y cultural: «les pido a los jóvenes que estudien, que se preparen… porque la cultura es lo único que saca al país de la pobreza».
Ariel Bellon deja el plano terrenal habiendo cumplido con el mandato del siervo fiel: administró la tierra con idoneidad, defendió a sus representados con dignidad y sembró en su comunidad la semilla del bien. Su vida queda como un testimonio luminoso de que el agrarismo, cuando se vive iluminado por la fe y el servicio, es una de las expresiones más nobles del amor a la Patria y al prójimo.

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