La Resistencia del Tercer Cajón.
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Para compartir con mis amigos de Lo Mejor de La Semana y un homenaje a la obra del escritor uruguayo Marciano Durán.
Hay una herida ética en el paso del tiempo que solo la literatura bien nacida consigue nombrar. En 2006, Marciano Durán publicó su célebre crónica «Me caí del mundo y no sé por dónde se entra», un texto que rescató del olvido la dignidad de una generación educada bajo el mandamiento del «guarde y guai de que alguna vez sirva»ta. Tan bien recibida en el programa Lo Mejor de La Semana.
En aquel mundo, la inmortalidad habitaba en la solidez: los pañales de tela que se lavaban y planchaban para la siguiente camada, las vajillas heredadas y ese santuario doméstico que era el «tercer y cuarto cajón».
Allí convivían capuchones huérfanos, tapitas de refresco destinadas a convertirse en cortinas o instrumentos de la escuela, y mazos mutilados donde un zurcido a mano sobre la sota de espadas la transformaba en un cuatro de bastos. Aquella era una época obstinada en no declarar la muerte de ningún objeto: las pilas de la Spica viajaban del congelador al techo de zinc buscando un último aliento de sonido , y las latas de duraznos se volvían macetas o teléfonos de hilo.
Si en el universo de Durán la tragedia era la sustitución apresurada de la materia —los aparatos que se rompen adrede y la extinción de zapateros o colchoneros —, nuestra era ha dado un paso aún más voraz: hemos pasado de desechar la materia a desechar la intangibilidad.
La cultura del reemplazo ya no necesita abarrotar los cajones ni llenar vertederos de plástico. Ha colonizado la arquitectura de nuestra memoria:
- Los tesoros guardados: Ya no habitan en cajas de zapatos convertidas en álbumes familiares, sino en discos duros abandonados con miles de fotografías jamás impresas.
- El archivo del pensamiento: Las carpetas de cartón fueron sustituidas por nubes digitales cuyo alquiler caduca si la tarjeta de crédito se detiene.
- Las historias cotidianas: No se transmiten al calor del mate, sino que se programan para evaporarse automáticamente en veinticuatro horas dentro de un algoritmo sin rastro.
El nuevo «cuarto cajón» no guarda resortes de encendedor ni llaves de latas de carne; es un buzón de correos desbordado de borradores nunca enviados y pestañas del navegador condenadas al silencio.
Como insinuaba Durán al morderse la lengua para no comparar objetos con personas, cuando la facilidad para reemplazar las cosas vuelve todo efímero, la prescindencia se filtra en la naturaleza de nuestros afectos. En la era del deslizamiento táctil, las conversaciones de años se abandonan en el limbo del «visto», las relaciones sufren la violencia de un clic y los cónyuges se contemplan bajo la amenaza de ser cambiados por modelos con menos kilómetros.
Sin embargo, frente a la dictadura de lo descartable, resiste una terquedad hermosa. Es la misma rebeldía de quienes lavaban los guantes de látex o guardaban las tapas de botellones. Resiste en quien relee un libro gastado, en quien guarda un mensaje antiguo como un pañuelo de tela en el bolsillo , y en quienes elegimos —con la hermosa dignidad de los viejos sabios— sostener el mismo nombre, la misma casa, el mismo dial y el mismo afecto para toda la vida.

Hasta el Sábado en LO MEJOR DE LA SEMANA!!!

Gracias por esa nota. Me sentí muy honrado.