El Eco en Los Sauces.
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El 12 de octubre es una fecha que suele caer en los extremos: o la glorificación acrítica o la condena absoluta. Sin embargo, el verdadero pensamiento filosófico —y el buen periodismo— requiere pararse en el centro de la herida para comprender cómo, del dolor y del choque, germinó nuestra identidad.

El Eco en Los Sauces: Carta a un amigo en el Día del Homenaje al Maridaje Cultural.
Vení, amigo mío, sentate un rato. Acomodate ahí, cerca del mate, y miremos juntos este 12 de octubre, no con los ojos de los manuales escolares que nos hacían memorizar fechas, sino con la mirada serena del que busca entender de dónde venimos.Hoy quiero que reflexionemos sobre ese instante en que los conquistadores llegaron a nuestra Punta del Sauce, el corazón mismo del territorio ancestral de los ranqueles. Asomarnos a ese momento es asomarnos al nacimiento definitivo de lo que hoy es La Carlota, pero también es abrir una de las páginas más complejas y descarnadas de nuestra historia humana. Seamos honestos, amigo: ese encuentro no tuvo la suavidad de un diálogo. Fue, con todas las letras, un choque brutal de mundos. Pensá en cómo era este paisaje antes de las espadas, los uniformes y los fortines. Esta Punta del Sauce —llamada así por el quiebre de nuestro río Chocancharava poblado de sauces criollos— era un nudo vital por donde pasaban las rastrilladas originarias. Tratá de entenderlo desde su alma: para la nación ranquel, esta tierra no era una «frontera» hostil, era su hogar, un territorio inmenso de libertad, de caza y de comunión sagrada con la pampa. Pero entonces, llegó el invasor. Cuando el español avanzó sobre el sur de Córdoba, no vio un hogar; vio un mapa de estrategia militar y geopolítica. El imperio necesitaba un paso seguro, un eslabón vital para conectar el Atlántico con el Alto Perú y Cuyo, y levantar un muro de contención contra el indómito empuje de los indios. Eran dos lógicas incompatibles colisionando en el mismo barro. Ahí, amigo mío, se transfiguró el espacio. Cuando en el siglo XVIII se fundó el Fortín de la Punta del Sauce y luego, en 1792, el gobernador Sobremonte nos elevó a Villa Real de la Concepción de La Carlota, «se hizo la historia», pero una historia escrita con la tinta de la tensión. Tenemos que tener la madurez para ver las dos caras de la moneda. Para el imperio español y el Estado argentino, ese avance significó el «progreso», la civilización, la extensión de la frontera y el cimiento de nuestra identidad urbana. Pero para los ranqueles, amigo mío, significó el desgarro: el repliegue forzado de sus tierras, la pérdida de sus aguadas y el comienzo de una guerra sorda de malones y expediciones que terminaría, un siglo después, en la dolorosa campaña del desierto. Hubo sangre, hubo pérdida de dominio, y hubo un dolor inenarrable. Pero de la ceniza de ese choque nació un milagro sociológico y humano: el maridaje de las razas. Las sangres terminaron mezclándose, y hoy somos el resultado imperfecto y hermoso de esa fusión.Por eso, amigo, hoy que caminamos por estas calles y miramos el río, te invito a pensar que esos dos pasados conviven de manera invisible entre nosotros. La historia oficial ya celebró bastante a los fundadores. Hoy, la verdadera reflexión nos exige escuchar el viento en los sauces de otra manera. Nos exige reconocer que, bajo los cimientos de nuestra modernidad, late la memoria herida, pero viva, de la nación ranquel.
«Se hizo la historia», es cierto. Pero esa historia nos deja un mandato: recordar que la identidad de nuestro suelo es profundamente mestiza, y que nuestra Punta del Sauce guardará siempre, en su tierra, el eco de los que estaban mucho antes de que llegaran las armas del rey.
Tomá, amigo. Amargo y caliente. Como la historia misma.
